Who Are We Now, and Who Is God Calling Us to Become?
A Sabbatical Reflection on Congregational Identity in an Anabaptist Perspective

Sabbatical has a way of slowing time just enough to notice what often gets overlooked in the urgency of ministry. Away from meetings, decisions, and the steady rhythm of congregational leadership, different questions begin to surface that are quieter, but more enduring.

During this season of rest and reflection, I have found myself returning again and again to a question that lives beneath so much of our work in congregations: Who are we now, and who is God calling us to become?

In the life of the church, we often frame our conversations around practical concerns, leadership structures, sustainability, growth and direction. These are necessary and important, yet they are not foundational. Beneath them lies a deeper layer of discernment. One that shapes not only what we do, but who we understand ourselves to be as the people of God.

From an Anabaptist perspective, this question of identity is not about crafting the right strategy or projecting a compelling future. It is about learning, again and again, what it means to follow Jesus Christ together in our particular time and place.

Remembering Who We Are

As anabaptists we understood the church as a living, gathered community. Identity is not fixed or inherited uncritically; it is formed as believers commit themselves to a shared life of discipleship.

This includes several core convictions: that faith is lived in community, that Scripture is discerned together, and that the church is called to embody the way of Jesus especially in practices of peace, justice, and reconciliation.

It is easy to assume that we know who we are, but during this time of Sabbatical, I reflected in a different posture. I invite myself to remember not as nostalgia, but as re-centering to consider whether our current practices still reflect our deepest commitments or whether they have been shaped more by habit, pressure, or cultural expectation.

Listening Again

One of the gifts of stepping away is the rediscovery of listening. Not listening in order to respond, but listening in order to receive.

For congregations, this kind of listening is essential. It is how identity is discerned rather than declared. In the Anabaptist tradition, we trust that God speaks through the gathered community, through Scripture, and through the movement of the Spirit among us.

Practices such as dwelling in the Word, communal storytelling, and intentional listening circles are not just tools for decision-making. They are formative practices that shape how a congregation understands itself. They remind us that identity emerges from a relationship with God and with one another.

As I reflect during this sabbatical, I am reminded that many of the answers we seek in ministry are not found in new ideas, but in deeper attention.

Becoming, Not Arriving

Perhaps the most important insight of this sabbatical reflection is this: the question “Who are we now, and who is God calling us to become?” is not one we answer once.

It is a question we live into.

In the Anabaptist tradition, the church is always in the process of becoming continually shaped by its commitment to follow Jesus and continually invited into deeper faithfulness. Identity is not a destination, but a journey.

As I prepare to return from sabbatical, I carry this question not as a problem to solve, but as a companion for the road ahead. It is a question I hope to hold with congregations not to rush toward clarity, but to remain attentive to the quiet, persistent work of God among us.

And perhaps that is enough: to listen, to imagine, and to trust that together we are being formed into the people we are called to be.

-Sandra Montes-Martínez, WDC Associate Conference Minister (TX-based)


¿Quiénes somos ahora y en quién nos llama Dios a convertirnos?
Una reflexión sabática sobre la identidad congregacional en clave anabaptista

El tiempo sabático tiene la capacidad de ralentizar el tiempo lo suficiente como para percatarse de lo que a menudo se pasa por alto en la urgencia del ministerio. Lejos de las reuniones, las decisiones y el ritmo constante del liderazgo congregacional, comienzan a surgir preguntas diferentes, más sutiles, pero más profundas.

Durante este tiempo de descanso y reflexión, me he encontrado volviendo una y otra vez a una pregunta que es pertinente a gran parte de nuestro trabajo en las congregaciones:¿Quiénes somos ahora y en quién nos llama Dios a convertirnos?

En la vida de la iglesia, solemos centrar nuestras conversaciones en cuestiones prácticas, estructuras de liderazgo, sostenibilidad, crecimiento y dirección. Estos aspectos son necesarios e importantes, pero no fundamentales. Debajo de ellos emerge una capa más profunda de discernimiento, que moldea no sólo lo que hacemos, sino también quiénes somos como pueblo de Dios.

Desde una perspectiva anabaptista, esta cuestión de identidad no se trata de diseñar la estrategia adecuada ni de proyectar un futuro prometedor. Se trata de aprender, una y otra vez, qué significa seguir a Jesucristo juntos en nuestro tiempo y lugar particulares.

Recordando quiénes somos

Como anabautistas, nosotros entendemos la iglesia como una comunidad viva y comunitaria. La identidad no es fija ni se hereda acríticamente; se forma a medida que los creyentes se comprometen a una vida compartida de discipulado.

Esto incluye varias convicciones fundamentales: que la fe se vive en comunidad, que las Escrituras se disciernen juntos y que la iglesia está llamada a encarnar el camino de Jesús, especialmente en las prácticas de paz, justicia y reconciliación.

Es fácil suponer que sabemos quiénes somos, pero durante este tiempo sabático reflexioné desde una perspectiva diferente. Me invite a recordar no con nostalgia, sino a reencontrarme con mi interior y considerar si nuestras prácticas actuales aún reflejan nuestros compromisos más profundos, o si, por el contrario, han sido moldeadas por la costumbre, la presión o las expectativas culturales.

Escuchando de nuevo

Uno de los beneficios de tomar distancia es redescubrir el arte de escuchar, no para responder, sino para recibir.

Para las congregaciones, este tipo de escucha es esencial. Es así como se discierne la identidad, más que como una mera declaración. En la tradición anabaptista, confiamos en que Dios habla a través de la comunidad reunida, a través de las Escrituras y a través de la acción del Espíritu entre nosotros.

Prácticas como la meditación en la Palabra, la narración comunitaria y los círculos de escucha activa no son solo herramientas para la toma de decisiones. Son prácticas formativas que moldean la manera en que una congregación se comprende a sí misma. Nos recuerdan que la identidad surge de la relación con Dios y entre nosotros.

Al reflexionar durante este tiempo sabático, recuerdo que muchas de las respuestas que buscamos en el ministerio no se encuentran en ideas nuevas, sino en una atención más profunda.

Convertirse, no llegar.

Quizás la conclusión más importante de esta reflexión sabática sea esta: la pregunta“¿Quiénes somos ahora y en quién nos llama Dios a convertirnos?”No es una pregunta que respondamos una sola vez.

Es una cuestión con la que convivimos a diario.

En la tradición anabaptista, la iglesia se encuentra en un proceso continuo de transformación, moldeada por su compromiso de seguir a Jesús, y constantemente invitada a una fidelidad más profunda. La identidad no es un destino, sino un camino.

Al prepararme para regresar de mi tiempo sabático, me planteo esta pregunta no como un problema que resolver, sino como una guía para el camino que tengo por delante. Es una pregunta que espero compartir con las congregaciones, no para apresurarnos a encontrar respuestas, sino para permanecer atentos a la obra silenciosa y constante de Dios entre nosotros.

Y tal vez eso sea suficiente: escuchar, imaginar y confiar en que, juntos, nos estamos convirtiendo en las personas que estamos llamados a ser.

-Sandra Montes-Martínez, Ministra asociado de la Conferencia WDC (con sede en TX)