A year ago, as I looked toward the beginning of 2025, I wrote down a secret wish, a longing for the year ahead: to make something beautiful. I imagined this might be a poem or a craft I suddenly had time for or a messy art project with my children. Instead, at the beginning of 2026, I realize that this beauty has emerged slowly, unfurling with every layer of my work with Western District Conference, guiding me gently to the beauty of the sacred community.
Because the community we build in all parts of our lives, from our homes and congregations to our neighborhoods and workplaces, is a work of creativity and experimentation. It requires trial and error and a commitment to being open to others even when it makes us uncomfortable. I believe this is what Jesus calls us to—to wake up, to look around with continually new eyes, and to extend our lives to each other.
This call has often felt most pressing in my work with children. Nothing has made me look at spaces, norms, culture, and language differently more than witnessing how they impact children. I think of parents trying in vain to calm children in a loud restaurant or of teachers reining in kids eager to move their bodies or of teenagers who struggle to feel like they belong anywhere. Of course, children can adapt to the expectations around them. They can and do figure out how to conform to an adult world—but I often wonder what is lost.
There is something miraculous about a child exploring freely and expressing themselves in an environment created with them in mind, in an environment full of adults who see them and welcome their noises, questions, needs, and unique perspectives. This is what I dream of in our faith communities. How might we see the children among us with new eyes? How might we extend our lives to the children and families in our communities? How might we engage children in our services so they may come to trust God and develop a faith that can sustain them throughout their lives?
In this new year, I look forward to working with these questions with all of you through the Kids Meet Christ program. Shifting toward a church culture that fully embraces and makes room for children will take all of us—from Texas to Nebraska, from parents to elders, from pastors to occasional attenders—to come together and imagine something new.
May we all make something beautiful together this year. May we all experience the holy and connected community of God.

–By: Grace Parker Sutter, Program Director of Kids Meet Christ


Creando algo hermoso

–En la foto: Participantes en el evento Kids Meet Christ en San Antonio en septiembre; foto de Absalón Calix

Hace un año, mientras contemplaba el comienzo de 2025, escribí un deseo secreto, un anhelo para el año que se avecinaba: crear algo hermoso. Imaginé que podría ser un poema, una manualidad para la que de repente tenía tiempo o un proyecto artístico desordenado con mis hijos. En cambio, a principios de 2026, me doy cuenta de que esta belleza ha surgido lentamente, desplegándose con cada capa de mi trabajo con la Conferencia Western District, guiándome suavemente hacia la belleza de la comunidad sagrada.
Porque la comunidad que construimos en todos los ámbitos de nuestra vida, desde nuestros hogares y congregaciones hasta nuestros vecindarios y lugares de trabajo, es una obra de creatividad y experimentación. Requiere ensayo y error y el compromiso de estar abiertos a los demás incluso cuando nos resulte incomodo. Creo que esto es lo que Jesús nos pide: despertar, mirar a nuestro alrededor con ojos siempre nuevos y extender nuestras vidas los unos a los otros.
Este llamado a menudo me ha parecido más urgente en mi trabajo con niños. Nada me ha hecho mirar los espacios, las normas, la cultura y el lenguaje de forma más diferente que presenciar cómo afectan a los niños. Pienso en los padres intentando en vano calmar a los niños en un restaurante ruidoso, o en profesores frenando a niños ansiosos por mover el cuerpo, o en adolescentes que luchan por sentirse encajados en algún sitio. Por supuesto, los niños pueden adaptarse a las expectativas que les rodean. Son capaces de descubrir cómo adaptarse al mundo de los adultos, y lo hacen, pero a menudo me pregunto qué es lo que se pierde.
Hay algo milagroso en que un niño explore libremente y se exprese en un entorno creado pensando en él, en un entorno lleno de adultos que lo ven y aceptan sus ruidos, preguntas, necesidades y perspectivas únicas. Esto es con lo que sueño para nuestras comunidades de fe. ¿Cómo podríamos ver a los niños entre nosotros con nuevos ojos? ¿Cómo podríamos extender nuestras vidas a los niños y familias de nuestras comunidades? ¿Cómo podríamos involucrar a los niños en nuestros servicios para que lleguen a confiar en Dios y desarrollen una fe que les sostenga a lo largo de sus vidas?
En este nuevo año, espero trabajar con todos ustedes en estas cuestiones a través del programa Kids Meet Christ. El cambio hacia una cultura eclesiástica que acoja plenamente a los niños y les dé cabida requerida que todos nosotros — desde Texas hasta Nebraska, desde padres hasta ancianos, desde los pastores hasta los asistentes ocasionales — nos unamos e imaginemos algo nuevo.
Que todos juntos podamos crear algo hermoso este año. Que todos podamos experimentar la comunidad sagrada y conectada de Dios.

–Por: Grace Parker Sutter, Directora del programa Kids Meet Christ